Descarga sinfónica en Cubadisco
La Habana.- En los conciertos de la Feria Internacional Cubadisco 2009 confluyeron lo popular academizado y lo académico popularizado, como bien se pudo apreciar en las galas sinfónicas de inauguración y clausura gracias a la inclusión de instrumentos y géneros musicales tradicionales en Cuba y Puerto Rico, el invitado de honor este año.Otros programas, como la Fiesta de la Guitarra en homenaje al Maestro Leo Brouwer, así como varias sesiones del Coloquio y los Talleres, también contribuyeron a la mejor comprensión teórica de los valores contenidos en la obra de creadores e intérpretes.
En la gala sinfónica inaugural fue el Maestro Guido López Gavilán quien asumió como director y compositor dos de sus obras enmarcadas en esa confluencia: De cámara traigo un son enfatiza lo poético y, en su apelación al modo de escucha más comedido, evade la explosividad sonera, a la que deja sólo una sección intermedia de contrapunteo en pizzicatos que van paseándose por los instrumentos de arco.
Fue una imagen de síntesis en lo que al manejo de raíces musicales se refiere; y sus Cantos de Orishas transitan igual por momentos evocadores de nuestros ancestros, reflejando su resonancia en una sensibilidad actual que los proyectan hacia nuevas dimensiones, donde lo rítmico no deja de tener una imprescindible presencia, sólo que incorporando armonías y timbres evocadoras de nuevos espacios, transfiguran lo ritual -incluso desacralizándolo- al incorporarles nuevas claves a las originales, como una prolongación del sentir propio, sacando a los orishas, los dioses del panteón afrocubano, para ponerlos a caminar por las calles, cubanas y del mundo.
Otro buen ejemplo de la confluencia múltiple entre música popular y académica fue la del compositor puertorriqueño Ernesto Cordero, quien llegó en ese mismo programa inaugural con su Concierto antillano, interpretado por el guitarrista José Antonio López, quien lo califica como uno de los principales conciertos de toda la literatura para el instrumento, al cual se ha dedicado con especial ahínco, estudiándolo en detalle junto al propio compositor.
Tiene de todo esta obra, y daría para un tratado si se quisiera hacer verdadera justicia a tan diversos tópicos por los que transita, comenzando por su pulso profundamente latinoamericano, algo ya muy latente desde los tiempos fundacionales de nuestra independencia, que se expande en esta obra con una oscilación desde fuentes musicales de las Antillas y universales, recreando en imágenes bucólicas el paisaje musical dominicano, cubano, puertorriqueño, fundiendo raíces, para florecer en una policromía de gran vistosidad, lo cual se trasluce en esta interacción de la guitarra solista con la orquesta, en una forma como el concierto, pero que se remite a fuentes de la tradición popular como base esencial.
El guitarrista José Antonio López demuestra que domina una técnica y, a la vez, un concepto interpretativo abierto a la tradición propia, que lo hacen resonar con las propuestas del compositor, aunque no siempre se lograra la buena interacción con la batuta en cierres y momentos enfáticos que reclamaban mayor precisión. No es de extrañar cuando, en medio de los avatares de un evento como el Cubadisco, sólo es posible disponer de una semana, generalmente accidentada, para montajes que en ocasiones tienen una complicada hechura, como es el caso.
Otra cosa sucedió con Concierto criollo, para cuatro puertorriqueño y orquesta, del propio compositor boricua, interpretado por Edwin Colón Zayas, un virtuoso en toda la extensión de la palabra. Cordero hace, además, una obra que se inscribe en la misma línea referida en su Concierto antillano, sólo que aquí hay una tendencia mayor hacia la expansión y la descarga, si bien se remite igual a la combinación de lo académico y lo popular tradicional, como denotan los títulos dados a cada movimiento: Elegía negra, Guajira con montuno y Descarga.
Lo que sí se nos hizo evidente fue que, tratándose de alguien como Edwin Colón, cuando llega la hora de soltar las improvisaciones o de asumir un pasaje de escritura estricta, pero cargado de espontánea inspiración, no hay límites, de manera que se siente cómo la estructura de concierto es casi un pretexto para dar cabida a lo más expansivo.
Y si se trata de entrelazar el discurso musical hacia lo cantable, canta en cualquier clave, como el sinsonte en los campos; si el asunto es sostener planos diferenciados, lo mismo en relación con la orquesta que en una demostración del don de la ubicuidad, hacia lo interior de las mismas intervenciones del cuatro, allá va también el Maestro Colón, entrando y saliendo con una noción de perspectiva que balancea fondos y figuras, cada uno con su orgánica razón de ser, propósito en el cual, además, él ha logrado expandir los confines de la técnica simultaneando el toque de “púa” –plectro, “pajilla”- con la ejecución de acordes, de arpegiados y hasta del trémolo, una rápida repetición de notas para crear la sensación de fluidez y continuidad en la melodía, sólo que en este caso logra ese efecto con un dedo menos (necesita dos para sostener la púa), a pesar de lo cual le brota parejo, en cuanto a la intensidad y la duración de cada nota, como tableteo de ametralladora.
Aparte de esta demostración de profundo virtuosismo individual, la interacción con la orquesta se benefició con su espontáneo desenvolvimiento sobre el escenario, igual para las secciones más medidas y estrictas que en las descargas improvisatorias que se pasearon por rincones bien variados de la música del Caribe, incluyendo un diálogo en el mejor estilo de la rumba entre el cuatro y los bongoes, estos últimos en manos del joven percusionista Abiel Achea –diestro por igual en la percusión sinfónica, en la típica cubana y en el drums, como demostró en la gala final.
Ya fuera de programa, volvió Edwin Colón al escenario junto a su compatriota el guitarrista José Antonio López en un tango que Astor Piazzolla compuso en Puerto Rico, titulado justamente Borinqueña, y fue una oportunidad más de disfrutar con esta conjugación de buena técnica y arte interpretativo, de cuando se ve que el sentimiento brota de la misma raíz y llega al mismísimo corazón.
Otras oportunidades nos ofreció el Cubadisco 2009 para escuchar nuevamente a estos virtuosos. Incluso una tarde se llenó con aires del más expansivo guateque por la controversia instrumental con intérpretes cubanos como Pancho Amat, solo con el tres y su conjunto Cabildo del Son, o el laudista Bárbaro Torres, algunos integrantes del grupo Mapeyé con tremendo acople y sabor típico, para desembocar en un cierre de leyenda, tocando todos con los niños músicos del grupo músico-danzario La Colmenita en su línea tradicional cubana.
Aquella controversia con tres, laúd, guitarra y cuatro puertorriqueño nos mostró un virtuosismo del bueno, del que no pierde sentido ni elocuencia en el orden musical, si bien el despliegue técnico llega al paroxismo, pero todo desencadenado gradual y coherentemente, y se percibe en estos músicos la intención de lograr una imagen polifónica, entendido el término en su sentido más amplio como la ubicuidad de quien despliega una línea sonora y la sostiene simultáneamente con otras, poniendo a funcionar en paralelo el cerebro, la sensibilidad y la condición de prestidigitadores.
Sí, porque ya se podrá imaginar cómo sonó en manos de Edwin Colón ese cuatro, punteando con plectro, en una pieza como Un día de noviembre, de Leo Brouwer, sosteniendo él mismo la melodía con los acordes y arpegiados que desgranan la armonía, todo con muy buen gusto y un amplio arsenal que también incluye el efecto de tambora; o esta misma dualidad cuando trabaja a base de vibraciones parciales de las cuerdas, los llamados armónicos.
Otra ocasión demostrativa de la confluencia entre lo académico y lo popular -y no cabría hablar en este caso de hibridación, cuando se ven resultados tan fértiles- estuvo en la gala sinfónica de clausura. Allí estuvieron el cantante puertorriqueño Danny Rivera junto al pianista cubano Frank Fernández, reconocido por su destacada labor de producción discográfica, la Diva del Buena Vista Social Club (título que nunca ha ostentado por sí misma, como tampoco el de la Novia del Feeling) Omara Portuondo, la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la batuta del Maestro Enrique Pérez Mesa, el grupo vocal Novel Voz, el Coro Nacional de Niños y varios repentistas encabezados por Alexis Díaz Pimienta, quien sostuvo unas seguidillas a modo de colofón de éste y preámbulo del próximo Cubadisco, que tendrá como centro la música campesina cubana.
Pero hubo de todo en este crisol, donde la voz de Danny Rivera se abrió como una sinfónica, pero la sinfónica se integró como un haz de sonidos bien entrelazados, salvo en algunos instantes que estuvieron a merced del audio, siempre conflictivo a la hora de llenar un inmenso teatro como el Karl Marx donde, sin embargo, no había necesidad de forzar tanto los planos dinámicos, pues se trataba de intérpretes que trabajan hasta el mínimo detalle los matices e intenciones expresivas, un logro que se destacó por encima de cualquier escollo momentáneo. (Fuente: Cubanow)



